Cinco prosemas arrancados de cuajo

 

Monet, «Femmes au jardin» (1867).

#1 — Porquería blanca

 

Ángeles

ángeles blancos, ángeles de porquería blanca, ángeles de escamas, ángeles viscosos

viciosos

perdidos en un cielo ajeno de color morado o verde, amarillo castaño o blanco mugre.

 
Vuelan por entre peripecias inconclusas los ángeles moribundos, destruidos, desmembrados en guerras anímicas lejos del cielo que los vio nacer, como pimpollos de hierbas silvestres y morir por nada,

 ni una ilusión,

ni un sueño

vendieron a cambio sus aureolas, sus alas y la capacidad divina de pensamiento por nada,

por basura

por chatarra

por nada excepto ese bendito polen fabricado no por ángeles allá en el cielo, no; sino por amigos de la desidia y el odio, avaros incomprendidos que jamás le dieron la cara al cielo por rencor a sus superiores —espíritus que perdieron la razón antes de saber que la tenían— y sin titubear vendieron sus harpas

las cambiaron por polen, navajas y bolsas de residuo en las cuales guardar sus extremidades divinas, ahora suspendidas lejos de sus cuerpos putrefactos y aún así llenos de vida —vida plástica, impráctica, vacía— y ánimo de qué

de destrucción

de abigeato

de hurto interpersonal, sesgado

maldición al cielo por dotarlos, en principio, de cualidades que desaprovecharon en vida y que ahora, en muerte, reclaman al aire como si éste pudiera escucharlos.

 

#2 — Muchachas en el jardín

Improvisado sobre Jeunes filles au jardin de Federico Mompou.

 

Alguien respira, en medio de la noche,

 es un cuchillo

 

es su brillo incandescente por entre las sombras y ahora, entre columnas de polvo y escarcha, muchachas de vidrio reorganizan el horizonte y montan un espectáculo de ensueño: escaleras de cristal y lámparas palaciegas, en la noche, como fantasmas rebosantes o burbujas noctilucentes hasta que ¡zas! 

 

El cuchillo las perfora.

Toma la noche y la hace suya 

y las muchachas de vidrio,

aún en el horizonte,

juegan a las estatuas.

 

Que nadie se mueva.

Al menos hasta llegar el día. 

 

#3 — Reconciliación

 

Ya está.

Con la humedad por fin yéndose por la ventana quedó frío, sí, se llevó lo que quedó de anoche y el viento cerró de golpe las ventanas, subió las cortinas al cielo como en ese sueño que tuve en la siesta y siguió de largo,

 desmayándome en medio del predio universitario.

 

Salí en la tarde y pensé en las palomas y por un momento me imaginé diminuto, corriendo por entre los desagües sobre los techos del centro y volví amigado con la idea de qué

del suspiro último de las flores ahora cerradas y las luces de las casas encendidas desde temprano y recordé, al ver canteros florecidos a mansalva, el casamiento de una vieja amiga en otro sueño y de como me alegraba por ella,

de cómo había perdido contacto con ella,

tan próxima aún.

 

Y le mandé un beso al cielo y saludé a los perros, les di de comer y me volví a Somersville. Me gustó allí. Hablamos de fantasmas y del Eros pudoroso y cómplice y de historias a lo Chirico, imaginé a mi amiga en su boda y en los días que Bardesio ilustró de su época y caí en cuenta de que existía, de que era alguien sentado en una silla,

descalzo,

 

y con las ideas desparramadas por el piso mojado.

 

#4 — Hoy no

 

Supuse que dejaría de conversar, u eso al menos por un tiempo, del corazón y de su condición —como órgano, como imagen— pero hoy encontré, al abrir la heladera, una torta partida

una torta de corazón rosa con perlas y un cuadro de crema ángel postal en medio de la heladera vacía y blanca —o verde humedal: fungi en las ventanas, en la ducha— como una ofrenda optimista para qué, para quién

 

no para mí,

hoy no quiero.

 

Hoy no quiero jugar a pretender, a ser el que corre la cortina a las diez y aprovecha el día de sol, de lluvia, estrellado o de maravilla, da igual,

hoy no quiero.

 

Las flores en el cantero. No quiero.

El coletazo de los cuadrúpedos. No quiero.

Saber que pensaban de un fulano que escribió en el 45. Los cien pesos. El grito de ustedes. El insolente sonido de sus pies arrastrándose incompetentes.

 No quiero que me malinterpreten pero tampoco me interesa. Hoy la palabra es estúpida y sale sola, sin ganas, hoy no tiene ganas ni yo de emularlas «pero se necesita» me dicen y sí, lo entiendo, pero hoy no se mueva nadie. Nadie hable. Nadie diga nada a no ser que remueva el círculo automático en el que vivimos pero… ¿Y la torta?
 
La torta se veía bien antes de ser cortada: lisa y rosa y curva. Exaltante y lampiña hasta que cedió al cuchillo u el cuchillo accedió a ella sin permiso, como un punzón con fuerza manual y control, control sobre su figura para distorsionarla, amoldarla, obligarla a perder pudor por éxtasis propio. Lo escuché. Un golpe de azúcar en la cara. El cuchillo entró, cortó profundo y le sacó un pedazo, una pierna, un brazo; un pedazo de su torta de corazón, de su grasa, de su mezcla de harina y huevo y lágrimas y vergüenza ante qué,
 
ante quién.

 

#5 — Hipersensibilidad  

 

Soy una lombriz que del barro nació y en el barro morirá,

peripatética criatura en constante búsqueda de lo elevado, del refinamiento inútil y decoroso pero que sirve para identificarse, al menos, lejos del meollo donde orinan éstos otros bichos,

jamás calandrias

 jamás sujetos asombrados por el silencio,

por nada

 

excepto por ese mondongo terso con el que nacen otras criaturas, sobreestimuladas desde el principio con televisión chatarra y animaciones estridentes, refritos como cerebros aún sin desarrollar — para estimular en ellos algo más que un cáncer por gusto a viciar el aire del que privan [a] sus convicciones [y todo] por ánimo de no ofender al otro: ambos dominados por un complejo de inferioridad invisible ante sus rostros

y esa maldita radio.

Ese maldito aparato con dientes de lata que ríe a carcajadas decrépitas e irrespetuosas,

pálpito homicida en la sien que altera el equilibrio logrado con dedicación y esfuerzo unipersonal, arrebatado de su órbita por incongruencias sensoriales ajenas e irreverentes

que algún día caerán.

 

Algún día Luc*s Su*o cerrará la boca y nos dejará en paz. Algún día P*ppa P*g será tocino y nos dejará en paz. Algún día esos molestos aparatos se quemarán con el impacto de algún estruendo eléctrico y los perros cerrarán el hocico. Algún día se les caerán los dientes en plena cacofonía gástrica y sus labios se tornarán limones secos, la lengua se les dará vuelta y se ahogarán en su propia saliva grasa hirviendo. Algún día les reventará la panza y el tartamudeo imbécil de todos ellos se volverá polvo. Algún día la hiperacusia será causa de rebelión. Algún día la misofonía será aparato de sublevación, la hipersensibilidad se volverá máquina de guerra y el mundo se sumirá en un silencio eterno.

Algún día.

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